Este museo está dedicado a la memoria del doctor Ottavio Badessa.
Nacido en 1898 en Bauso, la actual Villafranca Tirrena, se licenció en Medicina en Nápoles para después asistir a la Clínica Obstétrica de la Universidad de Mesina y ser, durante unos treinta años, médico titular de Villafranca Tirrena. Profesional estimado y conocido, desempeñó su labor con una técnica y competencia muy avanzadas para la época y el entorno en el que operaba, revelando siempre una atención extraordinaria por el aspecto humano y las condiciones de vida de cada paciente. Lo recordamos visitando a los enfermos, desplazándose incansablemente con su calesa que, precisamente por ello, ha sido elegida como símbolo del museo.
Todos los objetos expuestos proceden de la colección privada de su hijo, el doctor Paolo Badessa, quien fuera jefe de servicio de Anestesia y Reanimación en los hospitales de Sollefteå (Suecia), Niscemi (Caltanissetta) y Patti (Mesina).
En el museo se exponen numerosos instrumentos médicos, perfectamente funcionales, de todo tipo y especialidad, reunidos con pasión durante más de cuarenta años en muchos países occidentales.
En memoria de la labor médica realizada por su padre, el doctor Ottavio Badessa, la colección ha sido donada a la ciudad de Villafranca Tirrena para que sea expuesta en un museo abierto a todos en beneficio de la ciudadanía, los visitantes y los entusiastas.




El logotipo del Museo
En el logotipo del Museo se representa una calesa, que en el mundo es en cierto modo el símbolo del médico rural o titular. De hecho, en una ciudad estadounidense se ha erigido un monumento de bronce al G.P. (equivalente al médico titular) que consiste en una calesa con capota y el caballo. El Dr. Ottavio Badessa acudía precisamente a realizar las visitas domiciliarias con su calesa de capota azul claro y el cochero que la guiaba.

La medicina en el mundo antiguo
Las antiguas civilizaciones desarrollaron condiciones favorables y, al mismo tiempo, adversas para el progreso de la medicina. Los aztecas heredaron de sus culturas más antiguas un enorme bagaje de conocimientos. Sus cuchillos de obsidiana estaban tan afilados como los bisturís modernos, el concepto de higiene y limpieza era muy avanzado y sus operaciones superficiales tenían más posibilidades de éxito que las realizadas en Europa hasta el siglo XIX. Por otra parte, las culturas precolombinas daban poco valor a la vida humana y, en consecuencia, a la profesión médica. La falta de método científico se suplía en parte con un profundo conocimiento de remedios y medicamentos naturales, transmitido oralmente.
Desde siempre se han estudiado las plantas para obtener, mediante una cuidadosa preparación, fármacos de uso interno y externo. He aquí algunos ejemplos: el cáñamo asiático ya se conocía como narcótico, el enebro como diurético y desinfectante, el vino producido por la vid se utilizaba como anestésico general, el acónito para curar reumatismos y fiebres, la adormidera como analgésico y anestésico, y la menta para curar trastornos digestivos y como antiinflamatorio. La lista podría continuar largamente. Resulta sorprendente comprobar cómo civilizaciones antiguas, como la hindú, habían alcanzado un alto grado de especialización en la fabricación de instrumentos quirúrgicos para operaciones como la litotomía y los trasplantes cutáneos.


La civilización griega, además de alcanzar cimas nunca superadas en el arte, la literatura y la filosofía, introduce a todos los efectos la figura del médico, devoto del dios Asclepio. Figura clave y simbólica de la nueva medicina griega fue Hipócrates (que vivió entre los siglos V y IV a. C.), de quien citamos un aforismo significativo: «Lo que no curan los medicamentos, lo cura el bisturí; lo que no cura el bisturí, lo cura el cauterio; lo que no cura el cauterio, debe considerarse incurable». Hipócrates representó el nacimiento de una medicina libre de presupuestos teúrgicos y filosóficos, basada en la observación y el método.
La medicina en la Edad Media
Junto con Hipócrates, Galeno es considerado el padre de la medicina antigua. Sus doctrinas dominaron, para bien o para mal, la ciencia médica en Europa durante más de mil quinientos años. En la Edad Media, su obra fue objeto de veneración hasta el punto de que cualquier opinión discrepante era considerada una herejía. Por lo tanto, junto a sus avanzadas intuiciones, se transmitieron como indiscutibles algunas teorías clamorosamente erróneas, por ejemplo, sobre el funcionamiento del aparato digestivo o la anatomía del cerebro y del corazón.
El Medievo cristiano, paralelamente a la difusión de las órdenes monásticas, vio el nacimiento de los primeros hospitales, donde los religiosos prestaban asistencia y hospitalidad a las personas necesitadas de cuidados. A menudo, la necesidad de aislar a los enfermos considerados fuente de contagio prevalecía sobre los aspectos terapéuticos y, por tanto, surgieron lugares de reclusión como las leproserías o los lazaretos (por el patrón San Lázaro). Es útil recordar que, en la misma época que los hospitales europeos, en el mundo árabe (en Córdoba, El Cairo, Bagdad) ya existían hospitales organizados con departamentos divididos según el tipo de patología, consultas para pacientes externos, una cocina inspirada en principios dietéticos y salas de larga estancia.
En el mundo cristiano medieval, la enfermedad se consideraba un castigo del cielo y el tratamiento era, por decir lo menos, nihilista. La medicina era practicada exclusivamente por religiosos, carentes de las nociones más elementales de anatomía y fisiología humana. La autopsia en seres humanos, prohibida en la Roma imperial, fue asimilada durante toda la Edad Media a las prácticas de brujería. Hubo que esperar al año 1376 para encontrar un edicto del duque de Anjou que permitió a los estudiantes de la Universidad de Montpellier realizar una disección en un cadáver al año (!). El primer pontífice que autorizó las autopsias fue Sixto IV (1414-84), que había sido estudiante en las universidades de Padua y Bolonia.

En el Renacimiento, un enorme impulso a la ciencia médica provino del renovado interés por los estudios de anatomía, hechos célebres por las obras de artistas como Leonardo, Miguel Ángel o Alberto Durero. De fundamental importancia fue la obra del belga Andrés Vesalio (1514-1564), quien describió la estructura real del cuerpo humano, la forma y la interacción de los órganos.
La medicina en la Edad Moderna
La primera operación abdominal bien documentada fue una laparotomía realizada sin anestesia en 1549 por cirujanos vieneses. La operación salvó la vida a una mujer que había tenido un embarazo extrauterino. La primera colecistectomía de la que se tiene noticia data de 1882 y fue realizada por Carl Langenbuch a un hombre de 43 años que sufría cólicos biliares. La primera extirpación de la vesícula biliar se realizó en Inglaterra en 1884. La primera apendicectomía documentada data de 1885.
«¡El sueño se ha hecho realidad: hoy es posible realizar operaciones sin dolor!» Es una célebre frase pronunciada por el cirujano Johann Friedrich Dieffenbach (1794-1847), quien experimentó por primera vez con el éter en Europa. Los únicos analgésicos de relevancia empleados en la Antigüedad y en la Edad Media (principalmente en la medicina árabe) eran el hachís, la mandrágora y el opio. Para la introducción del éter y del cloroformo hubo que esperar a la segunda mitad del siglo XIX.
La bacteriología tiene su pionero y símbolo en el médico francés Louis Pasteur (1822-1895), estudioso de los procesos de fermentación, «inventor» de la pasteurización, procedimiento que lleva su nombre, investigador y descubridor de la vacuna contra la rabia. Paralelamente, el profesor berlinés Robert Koch (1843-1910) identificó los bacilos de la tuberculosis y del cólera y experimentó nuevos métodos para el cultivo de bacterias.

El profesor Theodor Billroth, que operaba en una avanzada estructura hospitalaria vienesa, es considerado un padre de la cirugía moderna por su apertura hacia las nuevas técnicas de anestesia y por su actividad incansable en el empleo de todo tipo de medidas en el campo de la antisepsia (defensa contra las bacterias) y de la asepsia (eliminación de las bacterias). Para darse cuenta de la importancia de la figura de Billroth, conviene recordar que a finales del siglo XIX los cirujanos ingleses y estadounidenses utilizaban varias veces las mismas batas y los mismos guantes (¡a menudo de algodón, más raramente de goma!).

